El punto clave es sencillo: la pérdida de rendimiento rara vez es un único evento de fallo. Es el resultado de una acumulación de pequeños cambios interrelacionados —químicos, mecánicos y de transporte— que, con el tiempo, elevan el voltaje, reducen la eficiencia, afectan a la pureza del gas y hacen inevitable el mantenimiento. Por eso la monitorización no es un lujo académico: es el camino más corto para comprender qué mecanismo domina, dónde ocurre y cómo detenerlo.
Por eso, la pregunta más potente en I+D en hidrógeno no debería ser “¿hasta qué densidad de corriente podemos llegar?”, sino más bien: “¿qué ocurre después de 1.000… 10.000… 30.000 horas, y cómo podemos detectarlo a tiempo para actuar?”
Electrólisis alcalina y de intercambio aniónico: la promesa de coste con factura en durabilidad
En CIC energiGUNE ponemos un fuerte énfasis en la electrólisis alcalina del agua (AWE) y en la electrólisis con membrana de intercambio aniónico (AEMEL), porque estas plataformas ofrecen una vía de coste atractiva: catalizadores no nobles, menor dependencia de materias primas críticas y arquitecturas de pila potencialmente más simples.
Pero la ventaja en coste solo se materializa si la durabilidad acompaña.
La electrólisis AEM ocupa una posición intermedia interesante: busca combinar la compacidad y la operación a presión diferencial propias de las MEA tipo PEM con la flexibilidad catalítica de la química alcalina. El reto es que los sistemas AEM concentran gran parte de la complejidad en la capa catalítica y el ionómero. Este debe unir las partículas catalíticas, proporcionar caminos conductores de OH⁻ y resistir condiciones fuertemente alcalinas y oxidantes, especialmente cerca del ánodo. La literatura reciente señala cada vez con mayor claridad que el ionómero en la capa catalítica puede ser el componente limitante, más allá de la propia membrana.
En la electrólisis alcalina clásica, el separador o diafragma y el entorno bifásico son determinantes. Aunque se considera una tecnología madura, la AWE moderna está evolucionando hacia diseños zero-gap o narrow-gap, mayores densidades de corriente y separadores más delgados, lo que aumenta la exigencia en extracción controlada de gas, gestión del crossover y robustez mecánica.
¿Qué es lo que realmente se degrada?
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La barrera conductora de iones (membrana, diafragma, separador)
Su función es permitir el paso de iones manteniendo separados los gases. En la práctica, también debe soportar gradientes de presión, variaciones de temperatura, ataque químico, ciclos de hinchamiento/contracción y exposición a impurezas.
En sistemas alcalinos y AEM aparece de forma recurrente un compromiso:
- Más delgado = menores pérdidas óhmicas, pero mayor vulnerabilidad a pinholes, fluencia mecánica y riesgo de crossover.
- Poros más pequeños / mayor tortuosidad = menor crossover, pero mayor resistencia y mayor sensibilidad a la gestión de humectación y burbujas.
La ingeniería del separador no es pasiva: es una palanca central de diseño y un origen frecuente de fallo.
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La capa catalizadora y sus interfaces (donde nace el rendimiento y donde puede desaparecer silenciosamente)
En electrólisis AEM, la durabilidad suele estar determinada dentro de la propia capa catalítica: catalizador, ionómero, estructura de poro y capas de transporte. Aunque el catalizador sea estable, el sistema puede degradarse si el ionómero pierde conductividad, se desprende de la superficie del catalizador o se fragmenta químicamente bajo estrés oxidativo.
En PEM, la historia es diferente pero igualmente reveladora: los ánodos basados en iridio siguen siendo referencia, pero estudios operando muestran que los catalizadores se reestructuran durante la evolución de oxígeno, formando óxidos desordenados que evolucionan con el potencial y la corriente. Esto es relevante porque ilustra un principio universal: el estado activo no suele coincidir con el estado tal como se fabrica, y la degradación puede comenzar como una activación normal que, con el tiempo, deriva en un comportamiento inestable.
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Transporte en dos fases (las burbujas no son solo una molestia, sino que también contribuyen a la degradación)
La evolución de gas genera burbujas en electrodos porosos, superficies catalíticas, canales y pequeños espacios. Una buena gestión de burbujas mejora la eficiencia; una mala gestión provoca secado local, inundación, hotspots de corriente y envejecimiento desigual.
La conclusión que se desprende de múltiples estudios es clara: la física de las burbujas es física de vida útil. El flujo bifásico determina resistencias locales, concentraciones locales y tensiones mecánicas locales, y esas condiciones locales son las que, en última instancia, deciden qué componente falla primero.
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Dominio de fallo |
Qué suele fallar |
PEM |
AEM |
Alcalina |
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Barrera conductora de iones |
Conductividad, separación de gases |
Adelgazamiento de la membrana, ataque por radicales |
Compromiso estabilidad–conductividad, riesgo de crossover |
Envejecimiento del diafragma, efectos de carbonatación |
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Capa catalítica e interfaces |
Estabilidad catalizador–ionómero |
Reestructuración y disolución de Ir bajo OER |
Predomina la degradación química del ionómero |
Corrosión de Ni, desprendimiento de la interfaz |
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Transporte bifásico |
Heterogeneidad inducida por burbujas |
Sensibilidad moderada |
Alta sensibilidad |
Sensibilidad muy alta |
Por qué la monitorización cambia las reglas del juego: del análisis posmortem a la prevención
Los estudios tradicionales de durabilidad suelen seguir un patrón: operar durante cientos de horas, observar un aumento de voltaje, desmontar la celda e intentar identificar la causa. El problema es que múltiples mecanismos dejan huellas eléctricas similares.