La medida pretende que cada batería disponga de una identidad digital desde la que pueda accederse a información sobre su composición, prestaciones, sostenibilidad y ciclo de vida. Aunque para el usuario la cara visible será un código QR, detrás deberá existir una infraestructura capaz de reunir y actualizar datos procedentes de numerosos actores.
Y ahí reside la dificultad. Implantar el pasaporte no consiste únicamente en generar un identificador, sino en conseguir que fabricantes, proveedores, integradores y operadores trabajen con información compatible, fiable y disponible cuando sea necesaria. Europa lleva años preparando estándares y modelos de datos, pero, a pocos meses de la entrada en vigor, la pregunta ya no es si existe un marco regulatorio suficiente, sino si la industria será capaz de trasladarlo a sus operaciones reales.
UNA INDUSTRIA QUE AVANZA A DISTINTAS VELOCIDADES
Una de las mejores fotografías disponibles procede de la propia Comisión Europea. En julio de 2026, DG GROW presentó los resultados de una encuesta realizada a 91 participantes de la cadena de valor de las baterías, entre los que predominaban las grandes empresas, que representaban el 63 % de la muestra.
Los resultados muestran una industria en movimiento, aunque todavía lejos de haber completado la transición. Solo un 12 % de las organizaciones consideraba que su nivel de preparación era “muy avanzado” y otro 15 % lo calificaba de “avanzado”. En conjunto, apenas un 27 % afirmaba encontrarse en los niveles más altos de madurez, mientras que un 34 % se situaba en una posición moderada y el 39 % restante seguía en una fase inicial o todavía no había comenzado.
No significa que las empresas permanezcan inmóviles. Un 58 % ya trabaja en la recopilación y mapeo de datos, un 54 % ha comenzado a involucrar a sus proveedores y un 49 % está adaptando sistemas informáticos. Sin embargo, solo un 34 % había iniciado proyectos piloto o actividades de testing.
La diferencia es importante porque el verdadero desafío aparece cuando los sistemas tienen que hablar entre sí. De hecho, solo un 15 % identificaba los códigos QR y los identificadores únicos entre las áreas técnicas que requerirán más esfuerzo, mientras que la integración de datos de proveedores alcanzaba el 51 %.
El mensaje es claro: el problema no es el QR, sino todo lo que tiene que existir detrás.
La información que necesitará el pasaporte está repartida entre productores de materias primas, fabricantes de materiales y celdas, integradores, fabricantes de vehículos y, posteriormente, compañías especializadas en reparación, segunda vida o reciclaje. Ninguna empresa controla necesariamente por sí sola todos los datos que deberá utilizar.
Por eso, cuando la Comisión preguntó por los principales obstáculos de implementación, la disponibilidad y calidad de la información apareció en primera posición, señalada por un 63 % de los participantes. Le siguieron la definición de roles y responsabilidades, con un 59 %; la gestión de datos dinámicos durante el ciclo de vida, con un 58 %; y la implementación técnica y la interoperabilidad, con un 53 %.
La presión aumenta cuando se mira al calendario. Solo un 35 % se declaraba muy o relativamente confiado en que los datos necesarios estarían disponibles dentro de su cadena de valor en febrero de 2027, mientras que un 41 % tenía poca o ninguna confianza en conseguirlo a tiempo.
La fotografía, por tanto, no es la de una industria desprevenida, pero tampoco la de un sector que tenga todos los deberes hechos. Muchas empresas han iniciado el proceso, aunque el paso desde el análisis regulatorio hasta la integración real de la información sigue siendo uno de los grandes trabajos pendientes.