Iñigo Careaga, responsable de Estrategia de CIC energiGUNE, analiza las aplicaciones emergentes que pueden marcar la próxima generación de mercados para las baterías, desde la robótica, los drones y la aviación hasta el espacio y los centros de datos, y explica por qué su valor estratégico puede ir mucho más allá de los GWh que consumen. Opinión_Otras aplicaciones_Iñigo

1. Cuando pensamos en baterías, seguimos pensando fundamentalmente en vehículo eléctrico y almacenamiento estacionario. ¿Qué otros mercados pueden convertirse en estratégicos durante la próxima década?

El vehículo eléctrico y el almacenamiento estacionario van a seguir concentrando una parte enorme de la demanda de baterías, pero cada vez resulta más evidente que limitar el análisis a esos dos mercados ofrece una imagen incompleta. Estamos empezando a ver cómo la batería adquiere un papel crítico en sectores como la aviación, los drones, la defensa, la robótica, la industria espacial, el transporte marítimo, la maquinaria pesada o incluso las infraestructuras digitales vinculadas a los centros de datos.

Lo interesante es que no todos estos mercados van a necesitar los mismos volúmenes ni las mismas prestaciones. En algunos casos será fundamental disponer de una gran densidad energética; en otros pesarán más la potencia, la seguridad, la capacidad de trabajar en condiciones extremas o una vida útil muy larga. Eso significa que, frente a la estandarización que hemos visto alrededor de determinados formatos y químicas para automoción, podemos entrar en una etapa de especialización mucho mayor.

De hecho, la Agencia Internacional de la Energía ya señala que la importancia estratégica de las baterías está extendiéndose desde la automoción y las redes eléctricas hacia los centros de datos, los sistemas de defensa no tripulados y tecnologías emergentes como los robots humanoides. Esto refleja un cambio importante: la batería está dejando de ser una tecnología asociada a unos pocos sectores para convertirse progresivamente en un componente fundamental de la economía moderna.

  1. ¿Estamos infravalorando el papel que tendrán las baterías en sectores que consumirán muchos menos GWh que la automoción, pero donde su valor tecnológico será mucho mayor?

Sí, porque muchas veces analizamos el mercado de baterías casi exclusivamente en términos de capacidad instalada o GWh consumidos, cuando esta métrica no siempre refleja la importancia estratégica o el valor añadido de una aplicación. Un satélite, un dron avanzado o una aeronave eléctrica consumirán cantidades de batería insignificantes si las comparamos con millones de vehículos, pero en esos sistemas la batería puede determinar directamente la autonomía, la carga útil, el alcance o incluso la viabilidad de la aplicación.

En estos mercados, además, el coste por kWh puede dejar de ser el principal criterio de decisión. Una tecnología más cara podría tener sentido si permite ahorrar peso, aumentar significativamente la autonomía, operar con mayor seguridad o mantener las prestaciones en condiciones extremas. Por eso algunas tecnologías que quizá tengan dificultades para competir con LFP en almacenamiento estacionario o automoción pueden encontrar una oportunidad muy atractiva en mercados especializados.

Esto obliga también a cambiar la forma en la que entendemos el desarrollo tecnológico. No siempre será necesario encontrar una batería capaz de competir en todos los parámetros al mismo tiempo. Lo importante será identificar aquellas aplicaciones en las que una determinada química, arquitectura o material aporte una ventaja suficientemente importante como para justificar su entrada en el mercado.

 3. ¿Qué aplicaciones emergentes tienen hoy mayor potencial para generar nuevos mercados para la industria de baterías?

Hay varios grupos de aplicaciones especialmente interesantes. El primero estaría relacionado con los sistemas autónomos, donde incluiríamos drones, robots móviles, robots humanoides o diferentes plataformas utilizadas tanto en la industria como en defensa. En todos estos casos existe una relación muy directa entre la energía disponible y las capacidades del sistema: cuanto mayor sea la autonomía energética manteniendo un peso reducido, mayor puede ser también su autonomía operativa.

Un segundo ámbito está formado por aquellas aplicaciones en las que el peso y el volumen son extremadamente críticos, como la aviación y el espacio. Aquí encontramos probablemente uno de los mayores incentivos para desarrollar tecnologías de alta densidad energética, ya que cualquier mejora puede traducirse directamente en mayor alcance, más carga útil o arquitecturas que hoy todavía no son viables. Tecnologías como el litio-metal, el estado sólido o el litio-azufre resultan particularmente interesantes cuando se analizan desde esta perspectiva.

Y existe un tercer grupo que puede crecer con enorme rapidez: las infraestructuras digitales. La expansión de los centros de datos y de la inteligencia artificial está aumentando simultáneamente la demanda eléctrica y la necesidad de disponer de sistemas extremadamente fiables. La IEA estima que las nuevas instalaciones de sistemas UPS basados en baterías —fundamentalmente vinculadas a centros de datos— crecieron un 30 % durante 2025, hasta alcanzar alrededor de 45 GW.

  1. Entre defensa, robótica, aviación, espacio, centros de datos o maquinaria industrial, ¿dónde ve las oportunidades más próximas a convertirse en mercados relevantes?

Probablemente habría que distinguir entre mercados que ya están creciendo y aquellos cuyo potencial depende todavía de conseguir determinados saltos tecnológicos. Los drones y otros sistemas autónomos se encontrarían claramente en el primer grupo. Son aplicaciones que ya existen comercialmente y en las que cualquier mejora en autonomía, potencia o reducción de peso puede tener una repercusión inmediata. De hecho, estamos viendo cómo los requisitos de las baterías se vuelven cada vez más exigentes a medida que los drones pasan de aplicaciones relativamente sencillas a logística, inspección industrial, seguridad o defensa.

Los centros de datos representan otra oportunidad inmediata, aunque con una lógica completamente distinta. Aquí la batería no tiene que mover un vehículo, sino garantizar que una infraestructura digital pueda seguir funcionando cuando aparecen problemas en la red eléctrica y, potencialmente, ayudar también a gestionar picos de potencia o aportar flexibilidad. Con el crecimiento de la inteligencia artificial, esta función puede adquirir una relevancia considerablemente mayor durante los próximos años.

Aviación y espacio representan probablemente oportunidades de menor volumen, pero de muchísimo valor añadido. La aviación eléctrica todavía necesita aumentar considerablemente la energía específica de las baterías para ampliar determinadas aplicaciones, mientras que en espacio la fiabilidad, la masa y la capacidad de funcionamiento en condiciones extremas son críticas. Es precisamente en este tipo de mercados donde tecnologías avanzadas pueden encontrar sus primeras aplicaciones antes de alcanzar volúmenes suficientes para competir en automoción.

5. ¿Qué sectores pueden experimentar una transformación comparable a la que la batería ha provocado en la automoción?

Es difícil pensar que se vaya a repetir exactamente lo ocurrido en automoción, porque el vehículo eléctrico ha creado un mercado de una escala extraordinaria.

Sin embargo, sí podemos encontrar sectores en los que mejorar las prestaciones de la batería puede provocar un cambio cualitativo, es decir, permitir hacer cosas que actualmente son difíciles, poco competitivas o directamente imposibles.

La robótica es uno de los candidatos más claros. Estamos viendo enormes avances en inteligencia artificial, percepción, control y capacidad de movimiento, pero todos esos sistemas necesitan energía.

Si conseguimos que un robot pueda trabajar durante más tiempo, cargar más rápido o transportar baterías significativamente más ligeras, no estaremos simplemente mejorando uno de sus componentes: estaremos aumentando directamente su productividad y ampliando el número de tareas en las que puede utilizarse.

Algo parecido puede ocurrir con los drones y, a más largo plazo, con determinadas formas de aviación eléctrica. CIC energiGUNE ya ha señalado precisamente que la evolución de los drones dependerá cada vez más de la capacidad de sus baterías para ofrecer simultáneamente autonomía, ligereza y seguridad, ya que estas variables condicionan cuestiones tan relevantes como el alcance o la carga útil.

  1. ¿Hasta qué punto la evolución de ámbitos como la inteligencia artificial, la robótica o los sistemas autónomos va a incrementar la importancia estratégica de las baterías?

Puede hacerlo de dos maneras diferentes. Por un lado, la inteligencia artificial necesita una infraestructura física que consume cantidades crecientes de energía. Detrás de los modelos, algoritmos y servicios digitales existen centros de datos que necesitan garantizar un suministro continuo y gestionar potencias cada vez mayores. En ese contexto, las baterías pueden desempeñar un papel creciente no solamente como respaldo ante una interrupción, sino también como herramienta para gestionar de una forma más flexible la relación entre el centro de datos y el sistema eléctrico.

Por otro lado, cuando trasladamos esa inteligencia artificial al mundo físico mediante robots, drones o vehículos autónomos, aparece otro problema: la autonomía energética. Podemos desarrollar sistemas extraordinariamente sofisticados desde el punto de vista del software, pero su utilidad queda condicionada si necesitan detenerse continuamente para recargar. En esas aplicaciones, conseguir más energía dentro del mismo peso o volumen se convierte en una ventaja competitiva muy importante.

Esta convergencia entre IA y baterías es probablemente una de las tendencias más interesantes de los próximos años. La IEA ya sitúa conjuntamente la infraestructura digital asociada a la inteligencia artificial, los sistemas de defensa no tripulados y los robots humanoides entre los ámbitos que están ampliando la importancia económica y estratégica de las baterías.

7. ¿Podemos empezar a considerar la batería como una tecnología habilitadora transversal, al mismo nivel que los semiconductores o determinados sistemas digitales?

Salvando las diferencias evidentes entre tecnologías, creo que sí podemos empezar a utilizar ese concepto. Una tecnología habilitadora es aquella cuyo desarrollo condiciona simultáneamente la evolución de numerosos sectores, y las baterías están empezando a cumplir precisamente esa función. Ya no hablamos únicamente de electrificar automóviles: hablamos de redes eléctricas, telecomunicaciones, centros de datos, drones, robots, aviación, espacio o sistemas de defensa.

Esto tiene además una consecuencia industrial importante. Cuando una tecnología se convierte en transversal, la dependencia de terceros deja de ser únicamente un problema para el propio sector y se transmite a todas las industrias que dependen de ella. La producción mundial de baterías y de buena parte de sus componentes continúa muy concentrada geográficamente; según la IEA, China fabricó ampliamente más del 80 % de las baterías del mundo en 2025 y las fábricas europeas continúan dependiendo significativamente de componentes importados.

Por tanto, el debate sobre baterías empieza a parecerse cada vez más al que Europa mantiene alrededor de semiconductores, materias primas críticas o inteligencia artificial. No se trata únicamente de saber cuánto cuesta producir una celda, sino de preguntarse qué capacidades industriales queremos conservar porque otras tecnologías estratégicas dependen de ellas.

  1. Si la demanda eléctrica asociada a la inteligencia artificial continúa creciendo, ¿qué oportunidades puede abrir esto para nuevas tecnologías de almacenamiento?

La primera oportunidad es bastante evidente: cuanto más críticos sean los centros de datos y mayor sea su potencia, mayor será también la importancia de garantizar la continuidad del suministro. Los sistemas UPS basados en baterías ya cumplen esta función, proporcionando energía durante los instantes posteriores a una interrupción hasta que entran en funcionamiento otros sistemas de respaldo. El hecho de que las nuevas instalaciones de este tipo crecieran alrededor de un 30 % en 2025 muestra la velocidad a la que está evolucionando este mercado.

Sin embargo, probablemente la oportunidad más interesante aparezca cuando la batería deje de utilizarse exclusivamente para emergencias. Un centro de datos dispone de una potencia de almacenamiento considerable que, con la arquitectura y regulación adecuadas, podría utilizarse también para gestionar picos de demanda, optimizar el consumo eléctrico, aprovechar mejor la generación renovable o incluso proporcionar determinados servicios de flexibilidad a la red. Eso cambiaría considerablemente la economía del sistema, porque la batería dejaría de ser un activo que permanece esperando un fallo.

Además, este mercado podría favorecer tecnologías diferentes de las que dominan el vehículo eléctrico. En un centro de datos el peso es mucho menos importante, mientras que seguridad, disponibilidad, vida útil, respuesta rápida y coste total de propiedad pueden ser determinantes. Eso abre espacio para diferentes químicas y arquitecturas, incluidas soluciones en las que la abundancia de materiales, la seguridad o el número de ciclos resulten más importantes que alcanzar la máxima densidad energética.

La gran oportunidad, por tanto, puede estar en pasar de considerar la batería como un seguro frente a una caída de la red a verla como parte activa de la infraestructura energética de la economía digital.

9. ¿Cómo se está posicionando CIC energiGUNE para desarrollar tecnologías de batería dirigidas no solo a automoción y almacenamiento estacionario, sino también a estas nuevas aplicaciones de alto valor añadido?

En CIC energiGUNE tenemos una ventaja que resulta especialmente importante cuando empiezan a diversificarse las aplicaciones: trabajamos sobre un abanico muy amplio de tecnologías electroquímicas, desde las actuales baterías de ion-litio hasta estado sólido, litio-metal, litio-azufre o sodio-ion. Esto nos permite analizar cada aplicación desde sus necesidades concretas y no necesariamente partir de la idea de que existe una única química que deba servir para todos los mercados.

Además, contamos con capacidades que cubren buena parte de la cadena de desarrollo, desde la investigación y caracterización de materiales hasta el prototipado de celdas. Nuestra plataforma permite trabajar con diferentes tecnologías y formatos —incluyendo pouch y cilíndrico— y escalar materiales de electrodo y electrolito hacia cantidades necesarias para el preprototipado industrial. Ese puente entre materiales, celda y aplicación es especialmente importante en mercados emergentes, en los que muchas veces es necesario adaptar simultáneamente química, arquitectura y proceso de fabricación.

Ya estamos trabajando, además, en algunas de estas aplicaciones. En aviación, CIC energiGUNE lidera el proyecto europeo HELENA para el desarrollo de baterías de estado sólido de altas prestaciones y ha ensamblado celdas completas dentro del proyecto; también participa en SAGELi, enfocado en mejorar la seguridad de baterías destinadas, entre otras aplicaciones, a movilidad aérea y marítima. En espacio contamos igualmente con experiencia previa en el desarrollo de soluciones para satélites, mientras que recientemente hemos analizado específicamente los requisitos que plantea el creciente mercado de drones.

El posicionamiento que buscamos, por tanto, no consiste únicamente en desarrollar “la siguiente batería”, sino en entender qué batería necesita cada aplicación. En unos mercados la prioridad será la densidad energética; en otros, la seguridad, la potencia, el funcionamiento a temperaturas extremas, el coste o la sostenibilidad. Nuestra capacidad para trabajar desde los materiales hasta la celda y hacerlo conjuntamente con empresas nos permite precisamente abordar esa especialización, que creemos que va a ser una de las grandes tendencias de la próxima generación de baterías.

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